jueves, 14 de marzo de 2019

En este, nuestro blog,

ya dijimos hace tiempo de la necesidad de tener que salir con paraguas por la posible caída de otras cosas que no sea lluvia. La necesidad de ir mirando para arriba con la sana intención de ir esquivando los artilugios, artefactos, que todos los países se han copiado en mandar a la estratosfera, como son los satélites. Satélites que no sabemos bien para qué sirven, si para la intercomunicación entre humanos, para distribuir fotografías de posibles bólidos contra la Tierra, o la guerra de rayos microondas de unos aparatos contra otros. Ahí tuvimos al Caballero Negro, satélite extraterrestre de hace miles de años, que supuestamente mandaba información terrícola a sus posibles fabricantes. Al parecer, fue Rusia la que mandó otro artilugio para cargarse al Caballero Negro, con lo fácil y conveniente, que hubiera sido traerlo para copiar su estructura y composición. Pero no. Fue materialmente destruido para gloria de Putin. 
El caso, amigos, es,
que los artilugios (satélites) que dicen mandar al espacio no son verdaderos. Ya en 1947 Arthur C. Clarcke se pillaba los dedos al decirnos que, los satélites, solo estaban en la mente de literatos de ciencia ficción: The Brick Moon, Los Quinientos Millones de la Begún, Exploración del Espacio..., y en otros libros, cuentos y divulgaciones, de aquellos años.
¿Realmente los satélites son artefactos útiles en la estratosfera terrestre?
Al parecer no, y se manipula su fabricación y presupuestos para otros fines no divulgados. 
Lo extraño nos envenena cuando vemos que los pedazos de estos aparatos caen del cielo sin control, y poniendo a la ciudadanía del mundo en peligro de ser aplastados. En Méjico han caído varios, en Argentina otro tanto, y qué será y dónde, la próxima lluvia de metal. No olvidemos que hace poco un trozo de metal cayó sobre una casa en la que, gracias a quien demonios sea, no había nadie dentro. Es evidente que estos individuos saben montar cosas pero no las saben dirigir, y andan sueltas por encima de nuestras cabezas sin ser conscientes de las posibles repercusiones de sus caídas. Ya sabemos que cuando ocurre una desgracia de este tipo, no tienes a quién recurrir y te quedas con una mano delante y otra detrás. En, este caso, contra el Estado, hemos topado.
Por lo dicho
llegamos a la conclusión de que el único método empleado para las telecomunicaciones son vía cableado de unos continentes a otros. Todos nuestros ordenadores y móviles se emparentan vía fibra. 
Pensamos
que los miles de millones que dicen emplear en satélites son desviados en armamento y logística.

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