Señores de la Iglesia: Ahora que estamos en materia diré lo que me viene rondando desde hace mucho tiempo. Vosotros tomáis a Jesús como el Rey de la Paz. cuando realmente fue solo un hombre que supo seguir la voz de su interior. Esa a la que todos los principiantes vamos buscando desde que la luz se hizo en nosotros. Pero... ¿Quién soy yo para rectificar lo que otros hombres sienten en su interior? Tal vez, todo ello, no sea más que un valor terreno para catalogar la grandeza de nuestro tesoro interior. ¿Es, acaso, el pensamiento más poderoso que la energía que siento cuando obro conforme a mi creencia traída más allá del nacimiento? El calificativo no tiene el poder del sustantivo. YO SOY. Y así fuimos hechos a imagen y semejanza. ¿Por qué sopesar la levedad del Ser cuando es la pluma que nivela la balanza? Bien lo supieron los egipcios cuando Anubis, antes de que el barquero Caronte (el griego) pasara las almas de este mundo al otro. No olvidemos que nosotros, ante la Muerte, tenemos el poder de decidir si Arriba o Abajo. Nadie puede juzgarnos porque ante ese hecho nadie tiene el poder de mentirse así mismo.
Dejemos, por tanto, que bajen de la Cruz a quien se le condenó injustamente y a quien se le hacen ofrendas como en un aquelarre. Ni convoquemos Su espíritu porque provocamos dolor sobre el dolor de Su Pasión humildemente aceptada.
Se acerca la nueva religión aceptada desde el interior del hombre. Ese hombre que se ha iluminado como lo hizo ese Hombre ( y otros muchos) al que todos tomamos como El Camino, La Verdad y La Vida. Solo con humildad se conseguirá devolver la paz en el mundo. Esto no le corresponde a ningún santo, ángel o arcángel poner de su parte la fuerza para cambiar las cosas. Sólo nos corresponde a los humanos transformar nuestro interior: para potenciar la energía de la transformación. Es nuestra responsabilidad.
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