
-"Dejaz que los niños se acerquen a mí" -dijo Jesús a sus discípulos.
Y de esta enseñanza ampliaron el conocimiento: unos hacia el toqueteo infantil y los otros a esperar que se acercaran las madres de los mismos pezqueñines. -"Pezqueñines no, gracias": -rezaba el anuncio-; pero ya era demasiado tarde, se habían acostumbrado a meter la mano por debajo de las ropitas infantiles, inocentes, para tocarles sus diminutos cuerpos y sexos. Y así hasta nuestros días, sin ningún atisbo de rubor o miramiento alguno.

-¿Por qué será?
-Pues os lo voy a decir-: porque ha ido la policía a buscarlo y está en paradero desconocido.
Y yo me pregunto: ¿si no es pecado y no es delito, por qué desaparecen del domicilio?
Queda claro que en el Vaticano -y no nos cansamos de decirlo-, no adoran al Dios que predican, sino
al opositor. Pero lo hacen porque el Dios que nos "creó" es un muermo de cojones; mientras que el otro hace de su capa un sayo y disfruta de los parabienes del otro sin miramiento ni tope. A todo lo que se mueve hay que tirárselo. Y se lo tiran. Así sin más. Eso sí con coquetería, con buenos modales, que para eso tienen que aprender mucho y atraer a la presa a la sacristía.

¡Hijos de la gran puta! Merecéis lo que la Inquisición hizo con algunos Templarios: meteros una barra de hierro al rojo por vuestro ano místico e infernal.
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